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Motivada

  • 4 abr 2018
  • 3 Min. de lectura

Sí, ha pasado mucho tiempo. Al menos, si contamos los días, el número sería grande. En realidad, no podría hablar de tiempo, ya que siento tan lejano tantas cosas que no puedo creer que realmente haya sido yo quien escribió la anterior entrada en este blog. Es realmente terrorífico y fantástico pensar que estaba a pocos días de que tantas cosas cambiaran.

Y es que, no mienten cuando dicen que la vida te da una vuelta de... ¿180°? o ¿360°? Bueno, todavía si fueran 90° sería demasiado. De horizontal a vertical la mirada cambia: imagínate si te ponen de cabeza.

Mi mundo se dió vuelta.

Pero fue la vuelta más hermosa que haya vivido en años. Y lo digo en serio.

Si me decían en algún momento de aquellos: "paciencia, tu motivación llegará, no desesperes", carcajadas hubieran sido poco menos que mi respuesta.

Y aprendí que la motivación no se trata de no parar nunca, de nunca quejarse o nunca estar triste, es que cuando ocurra una de ellas un pequeño recuerdo, palabra o mensaje ilumine cada una de tus quejas convirtiéndolas en oportunidad.

Y sé que nunca les hablé de nadie (querido público que no existe), habiendo tanta gente que podría haber querido mencionar, pero no. No fue el caso y quizá porque había que esperar este momento. Haré la excepción, hoy, hablaré (pero a mí modo). No es ningún personaje de pelicula con el que me identifique, ningún actor en formato de chiste en mi contenido, no es ninguna cantante, ni celebridad alguna. Si tuviera que etiquetarlo sería lo que alguna vez alguien llamó musa e inspiración. Confianza y apoyo. Es algo a lo que yo llamo 'locura'.

Locura cruzarse con alguien que siempre estuvo tan cerca y nunca ocurrió hasta entonces, el momento preciso. Una locura conectar de forma crítica, casi por inercia. Una locura que alguien con tanta luz no le haya temido a mi oscuridad. Una locura en sí. La más bella.

Y pienso hablar y diré todo lo que quiera, sin importar si lo lee, aunque muera de vergüenza, no sería nada nuevo para él saberlo y para mí morir de vergüenza.

Son tantas cosas extrañas las que me llevan hoy en día, las que me vuelan por donde sea que mi alma vuela.

Comienzo a creer en cuentos, leyendas y mitos sobre amor. Sólo porque no puedo justificar todo esto sin recurrir a lo maravilloso de los sueños. Porque sueño con ello, tanto dormida como despierta. En clase, en el colectivo, en mi casa, en la calle.

Si cabía una duda de lo apasionada que soy, hoy les quite cualquiera.

En tan poco tiempo y de forma única un sueño en mí nació de forma súbita. No lo pensé, no lo medité, lo planeé.

Compañía

Que su sonrisa no se borre, que su mirada no se calme y que su alma no se apague. Que se mire al espejo y vea al menos la mitad de lo que yo le veo, entendería tanto. Que se desviva por el la dicha. Que lo acosen sólo las lágrimas mínimas e indispensables, entre ellas de alegría en su mayoría, y que se exagere de risas. Que los dolores que le queden por vivir sean mínimos y sólo corporales, por una zapatilla cruel o un vil mueble contra su pie, no más. Que su cansancio no lo encuentre fuera de su cama. Que sus frustraciones no salgan de una pesadilla y que sus pesadillas no las recuerde en la mañana. Que las despedidas sean siempre cortas. Que su niño interno siempre lo encuentre para contarle lo que quiere. Y que su desgano encuentre ganas en un recuerdo que le de paz, armonía y vida, como a mi me da el recordar la primera vez que me dijo que me quería.


 
 
 

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